miércoles, 31 de diciembre de 2008

Ver el mundo con otros ojos


El 25 de diciembre varios amigos que leen mi blog aunque no lo comentan, me sugirieron que contara esta historia en este espacio. Me la estaba guardando para una ocasión especial y creo que el paso de un año a otro es algo muy significativo, tanto como para contarles hoy una historia que marcó profundamente mi existencia. Ahí les va...

En esta vida me ha tocado empezar de cero más de una vez. Una de las historias más dramáticas e increíbles por las que he pasado y he tenido que volver a empezar es la del día que descubrí con mis propios ojos lo hermoso que es el mundo.
Aunque quizás no me lo crean, yo viví en el borroso panorama de la miopía avanzada durante 22 años. Así como lo leen.
Nadie nunca se dio cuenta de que yo era miope y así me acostumbré a vivir, si no rodeada de tinieblas, rodeada de “paisajes” al estilo de los cuadros de Monet. Un mundo en el que a la distancia los objetos no tenían formas definidas ni colores claros. Todo se mezclaba en una amalgama amorfa y descolorida ante mis ojos.
Como soy de baja estatura, siempre me tocó sentarme hasta adelante y el problema visual me orilló a la lectura y a dejar de lado el deporte y las actividades al aire libre. De hecho nunca aprendí a ver rótulos, carteles o carteleras. De ahí mi falta de costumbre de ir al cine.
No sé si fue porque éramos muchas hijas (cinco), lo cierto es que nadie se dio cuenta de que yo no veía bien. El tiempo fue pasando y me adapté a mi mundo borroso que era mi normalidad.
No necesitaba ver de lejos. Mi papá nos llevaba y traía a la escuela y años después, al instituto y yo no salía mucho de la casa. Jugaba muñecas y cosas que no requieren de vista a la distancia.
Cuando yo tenía 15 años hubo una jornada médica del Hospital Rodolfo Robles (para ojos) en el instituto donde estudiaba. Al terminar de hacerme el examen, un médico me dio un papelito. Me dijo que yo no veía bien y que le dijera a mis padres que me llevaran para hacerme más exámenes y ponerme lentes.
Recuerdo tan claramente cómo me sentí indignada y, a la vuelta, hice un nudo el papel y lo tiré a la basura. ¿Ciega yo? ¡Bah!
Jamás sentí, pensé o imaginé que no veía bien. Me gradué como maestra y luego entré a la universidad… ese mismo año conseguí mi primer trabajo.
Como tenía que tomar camioneta (bus, burra, o como le quieran decir), llegaba a la parada y le hacía el alto a todas las que pasaban allí. Al tenerlas enfrente me daba cuenta si iban para mi casa o no. Algunos choferes se molestaban, pero nunca entendí por qué. Era una completa versión femenina de Míster Magoo.
Se preguntarán cuándo fue que me di cuenta de que no veía. Resulta que cuando estaba en el tercer año de mi carrera (periodismo) entré al diario oficial a hacer prácticas, pero el director me consiguió una plaza y me quedé trabajando como reportera. Mi fuente obviamente era el Palacio Nacional, donde funcionaban todos los despachos ministeriales.
Me di cuenta de que alguien decía: “¡Allá va el ministro X!”, y todos salíamos corriendo tras el personaje. “Allá va el funcionario Y”… etc.
No entendía cómo lograban saberlo. En aquella época, los años ochenta, no había celulares, ni nada que se le parezca. Era un enigma para mí cómo lo adivinaban.
Una noche, cuando íbamos con mi papá en el carro a dejar a unos compadres y ahijados de mis papás, íbamos con la novedad de que al hijo mayor de ellos le acababan de cambiar los “espejuelos o gafas” por lentes de contacto.
El chico, unos años menor que yo, iba súper feliz y sus hermanos y mis hermanas empezaron a pasar de mano en mano los recién defenestrados anteojos.
Cada uno se iba probando los lentes y exclamaba cosas como “Uyyy, qué feo se ve” o “¿Cómo podés ver con esto?”
Finalmente me tocó el turno. Recuerdo perfectamente que íbamos por la Avenida Bolívar, eran como las siete de la noche. Me coloqué las gafas y, en lugar de exclamar lo mismo que mis antecesores, me quedé sin aliento... me quedé sin palabras. Descubrí lo más hermoso que jamás hubiera imaginado. Tenía ante mí un mundo lleno de formas y colores, entendí el concepto de profundidad y se revelaron en una milésima de segundo cientos o miles de interrogantes que tenía desde hacía muchos años atrás.
Veintidós años, ¡toda mi vida! había pasado entre tinieblas.
El mundo era hermoso, era tan hermoso. Los colores eran brillantes. ¡La gente tenía rostro que podía verse desde lejos! Los buses, esas chatarras ambulantes que han circulado siempre por las calles guatemaltecas ¡tenían contorno! ¡tenían formas definidas! Y tenían hermosos y brillantes colores.
Aquella noche me cambió la vida y, al día siguiente, fui a que me pusieran lentes… eso sí, de contacto. El mundo no volvería a ser el mismo para mí.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Gran inauguración


Amigos

Están todos invitados a visitar mi otro blog: Mis dibujitos, en el que he ido colocando todas las ilustraciones de mis posts en Historias citadinas.
Incluye los headers y las versiones que no salieron a la luz pública de algunas historias o headers.
También incluye versiones con modificaciones de algunos temas para jugar como cuando cantábamos las canciones de Plaza Sésamo: "una de estas cosas, no es como las otras..."
A partir de hoy, todos los dibujos que haga en paint pasarán a alimentar dicho blog.

Fanática de su individualidad

"La copia es el mejor elogio". No sé dónde ni cuándo leí esa frase, pero siempre me gustó, aunque en el fondo siempre he sentido que es mejor ser imitado que imitar.
Pero bueno, todo esto viene a colación por la historia que hoy les contaré.
Desde muy pequeñita, mi hija menor (que ahora tiene 13 años) ha tenido una personalidad muy marcada, muy definida. Es esa niña que sabe lo que quiere, que goza lo que hace y que gusta de ser quien es. Así la historia, una de las cosas que más cuida es no ser confundida con nadie más. Para ella siempre ha sido muy importante no tanto "ser diferente", como "ser ella misma": la oveja verde, o de cualquier otro color que no haya en el rebaño.
No digo con esto que sea una excéntrica y extravagante (aunque a veces se acerque a estos límites).
Pues bien, como además tiene un liderazgo innato y muy marcado... ya se imaginarán que siempre encuentra niñas que quieren ser como ella, lo cual le molesta sobremanera.
Cuando algo así ocurre se queja conmigo y yo trato de hacer que vea esta situación con ojos más optimistas.
-Mija, qué bonito es que traten de imitarte, eso significa que quieren ser como tú, las inspirás. Le digo, y remato siempre con la consabida frase: Recordate que "la copia es el mejor elogio"
-Ala mama, pero cae mal... que se busquen una personalidad ¿qué les cuesta?
Y bueno... el asunto no es nuevo. Una de las historias más simpáticas que le ocurrieron fue cuando ella estaba en segundo primaria. Cuando todos los niños estaban bien sentados, ella decidió "ponerse en reposo" por el puro impulso de no estar igual que los demás. Pero se dio cuenta de que la compañerita de al lado también se puso en reposo. Esto le molestó pero no le dio mayor importancia.
Más adelante, cuando la maestra los puso a todos en reposo, como ella tiene ese espíritu de contradición por querer ser individual, no se puso en reposo sino que se sentó recta.
En ese momento vio que su amiguita también se incorporó.
Esto ya no le gustó, por lo que decidió tomar sus libros y ponérselos en la cabeza.
El colmo fue que la niñita de al lado también tomó sus libros y se los puso en la cabeza. Entonces se los quitó y los puso en el escritorio... cosa que su seguidora hizo también.
Mi hija, ya casi fuera de sus casillas, se volvió a poner los libros en la cabeza y la niña hizo lo propio.
Entonces mi hija, muy molesta, le dijo:
-Vos mano, ¿por qué te pusiste los libros en la cabeza?
-Es que me pareció divertido...
-grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr

martes, 23 de diciembre de 2008

Alucinación colectiva


Al igual que muchos de ustedes, yo también he sido muy feliz. Mi infancia estuvo siempre llena de amor, magia y fantasía.

Mis papás tuvieron cinco hijas y, aunque algunas éramos más lloronas que otras, y unas más peleoneras, en general el amor en mi familia siempre ha sido palpable. La gente que entraba a la casa se sentía a gusto y era frecuente escuchar comentarios como "aquí se siente calor de hogar".

Así las cosas, no había fiesta más mágica en el año que la navidad. Por supuesto, mis hermanas y yo creíamos en Santa Claus, le escribíamos cartas y le dejábamos comida para él y sus venaditos.

En las vísperas, hacíamos manualidades, nuestras propias tarjetas y regalos, luego fueron las galletas y los pasteles. Mi mamá siempre hizo tamales de arroz al estilo quetzalteco.

Recuerdo que cuando yo tenía como 5 o 6 añitos, una nochebuena regresábamos de la casa de mi abuela, luego de la cena navideña. Íbamos cansadas y medio dormidas. Era cerca de la media noche. Cuando de pronto vimos al cielo y creímos ver el mismísimo trineo de Santa.

No sé si fueron luces pirotécnicas, o algún globo o qué se yo, lo cierto es que le vimos la forma del trineo de Santa.

El sueño se nos espantó y entramos a la casa felices y seguras de encontrar nuestros regalos bajo el árbol (claro, mis papás los habían dejado desde que salimos para donde la abuela).

Puede que sea una historia un poco infantil, pero nunca olvidé esa emoción y esa certeza de haber visto a Santa en persona.

Que quede este post como mi tarjeta navideña para todos ustedes la cual les dejo junto con mis mejores deseos por que tengan unas alegres y tranquilas fiestas de fin de año en compañía de sus seres más queridos.

¡Apapachos muchos!

viernes, 19 de diciembre de 2008

De por qué bendije mi casa


Lo prometido es deuda y hoy voy a contarles la historia que me obligó a bendecir mi casa, pese a que, como he dicho, no soy creyente, ni practico ninguna religión, ni tengo santos ni cosa que se le parezca en mi casa.
Ya he contado que en mi colonia pasan fenómenos con la electricidad. También saben que en casa hemos visto, olido y escuchado cosas. Todas podrían tener una explicación científica, el problema es que no he contado con las herramientas para controlar mejor las situaciones.
Así las cosas, en un principio, yo no comentaba mucho estas situaciones con nadie. Quizá una que otra vez con mi ex. Era sólo el susto del momento, y nada más.
Mis niñas a veces iban a jugar donde su papá (que vivía al lado) y a veces estaban en la casa. Era un ir y venir entre dos casas.
Una noche, mi chiquita estaba en mi dormitorio y yo lavaba ropa en el patio de atrás. Mi hija mayor estaba con su papá. Serían quizás las 7 de la noche cuando mi niña pequeña llegó corriendo y llorando hasta donde yo estaba. ¿Qué te pasó? pregunté, y me dijo entre lágrimas “mamita, ¡yo no quiero tener imaginación!, ¡yo no quiero tener imaginación!”. Ella no tenía ni seis años, creo, por lo que su susto era genuino. Entre sollozos me contó lo que le pasó:
En mi cuarto, que daba al jardín delantero, ella estaba viendo tele cuando escuchó un “psssst pssssst”, ella volteó hacia la ventana que da a dicho jardín pues pensó que era su hermanita quien le hablaba desde el jardín. Como no vio nada en la ventana, siguió viendo tele. Entonces escuchó una voz que le dijo, “aquí estoy”. La voz, obviamente, no era la de la hermana, por lo que la niña hizo un gesto reflejo con el brazo como para apartarse. Entonces escuchó “Auch, eso dolió”. Con terror la pobrecita todavía apagó la luz del cuarto antes de salir corriendo y la voz volvió a decirle “eso a mí no me afecta”…
Cuando llegó conmigo el corazoncito le latía fuertemente, lloraba asustada. Cuando le pregunté cómo era la voz trató de hacer una imitación y respondió “como la de un viejo”.
Si me lo hubiera contado cualquier persona, obviamente yo no le habría creído. Pero tenía frente a mí a mi pequeñita, muerta de susto, llorando y contando una historia que no podía haberse inventado.
A partir de esa noche, no podía dormir, lloraba mucho. Ella entonces empezó a dormir conmigo y para que conciliara el sueño le coloqué bajo la almohada un rosario de un recuerdito de primera comunión. Entiendo que los niños necesitan algo a qué aferrarse y de esta manera conseguí que durmiera. Pero yo no pude y pasé muchas noches en vela esperando no sé qué, quería que aquella voz que había aterrado a mi niñita se enfrentara a mí, quería saber de qué se trataba todo aquello.
No conseguí nada más que acentuarme las ojeras y tener que trabajar desvelada. Mi niña siguió con mucho miedo muchos días. Por supuesto que conté la historia a mis papás y a un amigo que sí es muy creyente y que me dijo que le pusiera a la niña un escapulario verde a la hora de dormir. Mi papá le regaló el suyo. Pero mi niña le tenía miedo incluso al rostro de la virgen del escapulario. Fue una verdadera pesadilla que duró mucho tiempo.
La bendición de la casa
Finalmente, cansada de esperar algo, la voz, una figura, lo que fuera; agotada porque no encontraba respuestas o explicaciones, acepté el consejo que desde un principio me dio todo el mundo y tuve (a pesar de mi orgullo) que llamar un sacerdote para que bendijera mi casa.
Luego de la bendición, creí que las cosas cambiarían. En realidad me planteé bastante seriamente si había llegado la hora de creer en algo más. Yo había sido muy honesta con el sacerdote y le había dicho de mi falta de religión. A él no le importó y fue muy amable de su parte el seguir adelante con el ritual.
Incluso una amiga mía llegó a la casa para ver con sus propios ojos que un sacerdote bendijera MI casa… Era simplemente increíble que yo accediera a ello.
Todo apuntaba a que no volveríamos a tener experiencias paranormales. Sin embargo, no fue así.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Despistado III

¿Recuerdan a Carlos Rodrigo? Para quienes no leyeron las versiones de Despistado I y II, les contaré que era un chico muy despistado, hijo de una amiga de mi mamá a la que llamaremos Sara.

Sara era de esas mujeres a las que no se les escucha mal cuando dicen palabrotas. Tenía mucha gracia para decirlas.

Una calurosa tarde, mi mamá y Sara descansaban y platicaban en el jardín. Sara se quejaba con mi mamá de los despistes de su primogénito (el mentado Carlos Rodrigo):

-No sé qué hacer con el muchachito, fijate. No entiende por las buenas. De hecho cuando lo llamo no entiende. Hasta que me pongo como la gran Piiiiiiiiii entonces viene. Por ejemplo, le digo "Carlos Rodrigo, vení por favor", y nada; (sube el tono de voz) "Carlos Rodríiigo, mijo, vení", y nada; (vuelve a subir el tono de voz)"Carlos Rodrigo, te estoy llamando, ¡que vengás te digo!", y nada. Entonces le grito "Patojo #$&***#$& hijo de la %%$#&*** ...

En ese preciso momento, la charla se interrumpe. Aparece Carlos Rodrigo y pregunta:

-¿Qué manda mama?

¡Plop!

viernes, 12 de diciembre de 2008

Fenómenos inexplicables

Como les contaba el viernes pasado, en mi colonia pasan cosas inexplicables. Muchas de ellas con aparatos eléctricos que no están conectados. Estos fenómenos yo los atribuía a situaciones físicas, algo así como aquellos lugares en donde no funcionan las leyes de la gravedad. Si bien en mi familia hay personas que han vivido experiencias inexplicables, que poco a poco iré contando, yo realmente era escéptica hasta que llegué a vivir a esa colonia. Empecé a sentir y a pensar que lo que ocurría en mi casa no era normal casi desde el principio. Han pasado tantas cosas extrañas que no sabría por dónde empezar. Sonidos y olores extraños No recuerdo cuándo fue la primera vez que me asusté, la primera vez que vi o escuché algo extraño.
Recuerdo, sí, que siempre que planchaba escuchaba una especie de “cuchicheo” a mis pies. Obviamente no había nada y yo lo atribuía a un extraño “eco” que hace que a veces los sonidos de los vecinos entren en la casa y no podamos ni escuchar lo que hablamos dentro. Es decir, ha habido también muchos fenómenos acústicos extraños. También hemos experimentado fenómenos “olfativos”. Es decir, muchas veces la casa o la calle se llena de un aroma delicioso, como de flores, pero es difícil explicar qué tipo de perfume es. Esto viene acompañado de una sensación muy plácida. Otras veces, quizá menos frecuentes, la casa se ha llenado de olores nauseabundos pasajeros (ojo que no son gases, jajaja). Como de cosas en estado de putrefacción.

Lo peor que me pasó en ese sentido fue un día en que me arreglaba para salir. Tomé un frasco de perfume Paloma Picasso y al presionar el atomizador no salió el delicioso aroma que tanto me gustaba sino una hedentina espantosa, tanto, que mi ex me preguntó ¿Qué le echaste a esa cosa? Nunca nos lo pudimos explicar. El tufo salió de ese frasco, pero en mi cuello (que fue donde lo apliqué) no quedó rastro ni del perfume, ni del hedor. Volví a usar el perfume, no sin cierta desconfianza, pero no volvió a suceder ese desagradable incidente. Por supuesto que nunca volví a comprar esa marca.
Sombras y otras imágenes A los pocos meses de vivir en esa casa mi ex me dijo un día, muy asustado, que había visto pasar una sombra. Le creí porque yo también la había visto, e incluso “escuchado”, y no había nadie más en aquella casa. Estas “imágenes” no eran tan frecuentes, pero sí muy contundentes (hablo en pasado pues no les he visto hace tiempo). Nunca hablábamos con las niñas de esas cosas para no sugestionarlas ni asustarlas. A todo esto, yo atribuía estos fenómenos a la mala relación con mi ex. Así que pensaba que era un fenómeno visual que se debía quizá a la acumulación de energía negativa. Al divorciarnos los fenómenos siguieron apareciendo, generalmente por las noches. Era frecuente que mi nena pequeña viniera a dormir conmigo porque “tenía miedo”, aunque no sabía de qué. Una noche, mientras dormíamos juntas, algo me despertó. Volteé a ver hacia su lado y allí justo junto a mi nena, flotaba una figura de un color opaco que tenía una forma más o menos humanoide. Me asusté mucho, y cuando me incorporé para ver mejor, desapareció. Otra noche, mientras dormía, volví a sentir algo extraño y vi sobre mí unas cinco o seis figuras redondas que flotaban y giraban violentamente. Esa vez no pude contener el grito y creo que desperté a media humanidad. Mi ex, que vivía en la casa de al lado, me llamó preguntando lo sucedido. Podría seguir poniendo ejemplos, pero temo aburrirlos. Sólo les diré que un día fui a la casa de mi amiga Claudia N. y casualmente había allí una mujer de esas que hace limpias en las casas. Como dentro de mi escepticismo no encontraba explicaciones lógicas a esas situaciones, le comenté lo que estaba pasando. Le dije que la noche anterior yo estaba muy mal porque había tenido que despedir a una persona y eso me tenía mal. Por la noche, mientras lloraba, vi pasar esa figura que flotaba y me enojé tanto que le grité palabrotas muy feas para que se fuera. - No lo hubiera hecho, me dijo ella. No hay que enojarlos, hay que hablarles y pedirles por las buenas que se vayan. Yo le dije que lo hice sin pensar pero que había funcionado porque la figura desapareció. En ese momento, ante la mirada atónita de mi interlocutora y otras dos o tres mujeres más que participaban de la charla, varios CD que estaban en un mueble ubicado a mis espaldas salieron volando con fuerza y cayeron al suelo. -¿Cómo se explica eso?, me preguntó esa mujer. - No lo sé, quizá vibró mucho la bocina, dije, sin creer en mis palabras pues eran ilógicas. - Lo que pasa, agregó, es que “ellos” vinieron con usted.

lunes, 8 de diciembre de 2008

No doy mordida I

Hace muchísimos años, cuando aprendí a manejar, pasé mucho tiempo impune, sin licencia. Un día me pararon unos policías mafiosos y como yo no tenía licencia me iban a quitar al Hirohito (el pick up Toyota 1000 que fue nuestro primer carro -nuestro=de mi ex y mío-). En aquel entonces no había celulares para llamar y pedir ayuda, así que con toda la impotencia del caso tuve que pagarles los Q100 que me pidieron. Eso sí, me juré que nunca en la vida volvería a dar mordida... aunque para ello tuviera que recurrir a la frase "el fin justifica los medios".
Pues bien, no me curé con lo de la licencia, tuvieron que pasar muchos años para que al fin la fuera a sacar. Lo cierto es que, en el ínterin, un par de años después, me volvió a parar la Policía. Esta es la historia de cómo ni pagué mordida, ni me pusieron multa.

Fue en 1995, durante mi período post natal con mi segunda beba. Iba yo por el periférico hacia Ciudad San Cristóbal, cuando vi el retén de la entonces Policía Nacional. Llevaba conmigo a mi pequeña de apenas mes y días de nacida. Como tenía mi pecado (es decir, no tenía licencia), me comporté muy mansita.

- Sus papeles, me pidió el oficial

- Ay señor, no los traje, sólo voy a Novicentro a comprar leche para mi bebé. Como es aquí cerca no traje mi bolsa conmigo.

-Pues vamos a tener que proceder a quitarle el vehículo, dijo ridículamente.

- Pero señor, esto es ridículo. Habiendo tanto ladrón, tanto asaltante y le va a quitar el carro a una mujer con una beba.
- Lo siento, pero la ley es la ley.

- Pero eso no dice la ley, repliqué (sin conocer exactamente lo que la ley decía).

Al ver que el tipo no cedía, tuve que recurrir a algo de lo que aún hoy me avergüenzo. Le dije:

- Mire, yo sé que hay otra forma de arreglar las cosas, pero no está bien, no es correcto.

En ese momento se le iluminaron los ojos al policía y me dijo:

- Usted diga, seño, a ver qué pasa

- Es que me da pena, porque no es correcto.

-Usted sólo diga, no tenga pena-. Me dijo.

- Lo que pasa, dije resuelta, es que yo soy amiga de Ángel (en ese tiempo el director de la Policía era Ángel Conte, pero yo no dije apellido, que conste), y él me ha dicho que lo llame si tengo algún problema. Pero no me parece correcto que lo llame por esta situación. La verdad es que me daría pena decirle que olvidé mi licencia porque sólo venía a comprar leche.

La cara del policía cambió y me preguntó

- Y usted ¿de dónde lo conoce?

(aquí viene la parte que me da vergüenza)

-Pues soy periodista.

-¿Dónde trabaja?

- En la Crónica.

El policía no lo pensó mucho y me dijo:

-Mire, mejor váyase, pero no le vaya a hablar de mí (se supone que a Ángel)

Entonces le dije

- Pero oficial, usted sólo cumple con su deber, mejor póngame una multa

- No seño, mejor váyase

- Ya sé, levánteme una infracción

- Seño, mejor váyase

- ¿Sabe? tome el número de la placa

- Ay seño, mejor váyase

- Muchas gracias oficial, perdone la molestia, yo sé que sólo cumple con su deber. Que tenga feliz día.

sábado, 6 de diciembre de 2008

¿Experiencias sobrenaturales?


Mi colonia pela cables. Bueno, no sólo aquí pasan cosas realmente extrañas, muchas de ellas sin explicación aparente, sino, para colmo de males, la energía eléctrica parece tener vida propia. Y no lo digo por que suceda solo en mi casa. Cuando digo mi colonia, es mi colonia. Al menos sé que en buena parte de las 255 viviendas que la componen han ocurrido situaciones extrañas con la electricidad. A lo mejor alguien que sepa de Física o de lo que sea me lo puede explicar.

Para muestra, les contaré algunas de las cosas que por aquí suceden.

Varias personas de distintas edades, estratos socioeconómicos y escolaridad me han comentado que las luces se encienden o apagan sin explicación alguna. Mi casa no es excepción, pero eso no es tan frecuente. En cambio ha habido casos realmente feos en ese sentido: Una noche un amigo de mi hija mayor llamó aterrado a otro vecino pues cuando se disponía a salir de su casa se fueron apagando una a una todas las luces que tenía encendidas. En su casa no había nadie más que él. El amigo llegó y encendieron las luces, pero al rato éstas se apagaron y ambos salieron corriendo.

Un día, hace algunos años, otro amigo de mi hija mayor estaba en su casa solo, viendo el arbolito de navidad cuando, de pronto, éste se encendió. Él, que en ese entonces era un chiquillo, salió corriendo aterrado al darse cuenta de que el cable de las lucesitas estaba desconectado.

Eso para comentar sobre otras casas. En la mía también se encienden o apagan las luces. Se sube o baja el volumen del radio. Podría deberse a "bajones" de la corriente... posiblemente. Lo horrible es cuando sucede a media noche. En muchas ocasiones, a las 12 en punto de la noche se ha encendido el equipo de sonido de la sala, a todo volumen. Digamos que "se activó" por X o Y circunstancia el sleep... pero que se suba inexplicablemente el volumen, da mello, como dice Alexxx.

A mi nena grande varias noches se pone en pausa su equipo. A la pequeña se le cambia de canal el televisor de su cuarto. Un día que yo estaba arreglando mi camita, vi con horror cómo los numeritos del sonido aceleraban al compás del volumen y nada estaba presionando el control remoto. ¿Qué pasa aquí?

Yo no sé. Hace como dos años, mis hijas estaban solas en la casa. De pronto me llamaron con miedo a la oficina:

-Mami, fijate que estábamos almorzando y sentimos un gran calor. Cuando vimos, el hornito tostador se encendió solito.

-No se preocupen mis amores. A lo mejor sin querer lo encendieron. Apáguenlo y mejor desconéctenlo.

Así lo hicieron... pero pasado un tiempo bastante largo, volvieron a sentir calor. Al ver hacia el hornito, vieron que estaba al rojo vivo... esta vez sin que el cable estuviera enchufado.

Y así, podría seguir poniendo ejemplos mínimos. Ah, olvidé el día que estaba solita en casa pues mis nenas se habían ido a pasar vacaciones a Honduras. Entonces estaba solita y aburrida leyendo cuando, de pronto, se encendió la secadora de pelo. Ah, no, eso no me gustó. No estaba mal colocada, no es algo que use a diario. En fin... Nunca pude explicarme cómo pudo haberse encendido. Eso sí, los problemas eléctricos son mil veces mejores que los sonidos y las imágenes que, ahora cada vez con menos frecuencia, también se asoman por esta su casa.



viernes, 5 de diciembre de 2008

Pido pelo


Por razones ajenas a mis buenas intenciones y voluntad (compromisos laborales y familiares impostergables), tendré que publicar hasta el fin de semana la historia de fenómenos insólitos que estaba preparando para hoy..

Los espero...

jueves, 4 de diciembre de 2008

martes, 2 de diciembre de 2008

En las piernas de Santa


Llegamos por fin al mero mes navideño, diciembre, pese a que la publicidad se adelantó desde agosto. A mí me gusta la navidad, pero más por los recuerdos de mi niñez que por otra cosa.
Pero bueno, la historia que hoy les cuento tuvo lugar durante la época navideña. Fue en mi primer o segundo año de la universidad, así que yo tenía unos 19 o 20 añitos.
Resulta que un diciembre de finales del siglo pasado iba yo “sexteando” (gerundio del verbo sextear, ahora ya casi en desuso: pasear vitrineando o de compras sobre la sexta avenida de la zona 1) cuando de pronto, al pasar frente a una heladería, el Santa Claus que ese negocio había contratado para atraer a los niños, me tomó del brazo y me hizo sentarme en sus piernas.
Todo pasó tan de pronto que mil pensamientos pasaron al mismo tiempo por mi mente. No quería pasar por pedante, había un chico que quizá le tenía miedo y yo podría demostrar que Santa no es malo… en fin. Como soy maestra (y por aquel tiempo trabajaba como tal) me senté en las piernas de Santa, no sin mucha vergüenza. Tenía el rostro colorado e hirviendo. La vergüenza era enorme.
Entonces Santa, para tranquilizarme, me regaló su mejor sonrisa y con un gesto me invitó a husmear tras la postiza barba.
Fue allí donde descubrí que no era el verdadero Santa, jajaja, sino un compañero de la universidad que, aprovechando que me vio pasar frente a él, decidió jugarme una broma.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Sonrisa de oreja a oreja

La historia de hoy, acaba de sucederme. Apenas hace un par de días le decía a alguien que yo nunca me gano nada, y que el día que gane algo será cuando rifen una "camorra", y sin haber comprado número. Lo decía en alusión a mi mala suerte.
Sin embargo, le dieron un premio a mi bloguito y eso me hace muy feliz y me coloca una sonrisa de oreja a oreja.
El primero en dármelo fue mi querido Ángel Elías, luego, mi querido Kontra y poco después mi querida Abril. ¡Mil gracias!
De acuerdo con las reglas, yo tendría que darle el premio a otros 7 blogs, como mínimo. Así que intentaré no repetir nombres que ya han recibido el premio... aunque veo que casi todos mis blogs favoritos lo tienen ya. Lo haré en orden alfabético, pues no existe un orden jerárquico en importancia. Como diría yo: "A mí todos me gustan".
  • Aúgeme el ínclito placer superlativo. (Vida y milagros de Johan Bush Walls) , un blog autobiográfico que escribe Johan Bush, quien no sólo nos entretiene con sus andanzas sino que, sin proponérselo, nos muestra cómo le ha tocado vivir el racismo chapín en carne propia.
  • El calaquero, este es el blog de uno de los periodistas que más admiro, por sus agallas, por su vocación. por su inquebrantable moral: Julio Lara, quien el sábado recibió también un reconocimiento a su trayectoria en el marco de la celebración del Día del periodista.

  • Guatemala en décimas, un original blog poético escrito en décimas o espinelas por los poetas Roberto Cifuentes y Walter González

  • Kerosene, de Alfredo Vicente, un joven que a través de sus poemas y artículos nos transmite su punto de vista sobre diversidad de temas, siempre con un chorro de creatividad.

  • Mil orillas, de la periodista Lena Yau. No la he leído como periodista, pero es una gran poeta y narradora. La popularidad de su blog es indiscutible.

  • Pensamientos combatiendo al silencio, de Alexxx, un joven que nos invita a volver la mirada hacia las cosas sencillas y valiosas de la vida.

  • Qué pasa Guate, el blog de Vash, una joven preocupada por el acontecer nacional cuyos posts invitan a reflexionar y demuestran un auténtico y ejemplar amor por su país.

  • Totalmente chic, de Claudia Huerta, una chica que, a sus 18 añitos, derrocha su vocación de diseñadora y que, además, tiene un excelente gusto musical. De hecho, cuando hago mis dibujitos en paint, lo hago escuchando la música que tiene en su blog.

  • Xiuhcoatl, de Roberto Díaz, quien sin palabras y a través de bellas imágenes nos lleva al mundo mítico de los dragones (y, por ende, al de las princesas rescatadas por héroes...)
Reglas generales
1.- Al recibir el Premio, se ha de escribir un post mostrando el premio y se ha de citar el nombre del blog o web que te lo regala y enlazarlo al post de ese blog o web que te nombra ganador.
2.- Elegir un mínimo de 7 blogs que creas que brillan por su temática y/o su diseño. Escribir sus nombres y los enlaces a ellos. Avisarles de que han sido premiados con el "Premio al esfuerzo personal". Para que lo recojan.
3.- Opcional. Exhibir el Premio con orgullo en tu blog haciendo enlace al post que tú escribes sobre él.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La extraña pasajera

Hoy viernes, casi no me da tiempo de prepararles mi historia de cosas insólitas. Esta vez les contaré algo que me ocurrió y que si bien no es de espantos y aparecidos, verán cómo un tétrico escenario hizo que yo viviera una espeluznante aventura.
Yo vivo cerca del fin del mundo y antes de llegar a mi colonia debo atravesar una lotificación más o menos habitada, pero donde aún hay algunos árboles y sitios baldíos que por la noche le dan un aspecto tenebroso al camino.
Como gallína que come huevos, aunque le quemen el pico... pues nunca se me quita la bendita maña de darle jalón a los desconocidos pues, si van para adentro, seguro van a la colonia. No hay otro lugar a donde ir.
Eso sí, a "disoras", es decir a altas horas de la noche, no le paro a nadie... al menos esa era mi ley.
Pues bien, a veces por mi trabajo llego muy tarde a la casa. Una noche, como a las once, iba entrando por el camino siniestro cuando de pronto una anciana que parecía salida de una película de terror me hizo el alto. Era una mujer realmente desagradable, fea, contrahecha.
Detuve el súper Chevy con mucho miedo y de pronto ya no vi a la mujer que estaba al lado derecho del camino. No sé por dónde se cruzó la calle pero, cuando sentí, la tenía golpeándome la ventanilla izquierda, es decir la del lado de mi portezuela.
Yo no puedo ser tan pura lata y no podía dejarla allí casi a media noche. Así que por dentro pensaba "Que suerte que traigo la computadora y un montón de chunches en el asiento del copiloto", así que le abrí la portezuela detrás de mí.
La mujer entró al súper Chevy y de inmediato tomó con sus dos manos el respaldo de mi sillón halándome el pelo. Yo no dije nada, arranqué y aceleré lo más que pude en ese camino de terracería, lleno de hoyos, piedras y demás zancadillas rurales.
Yo iba aterrada, por más que aceleraba el camino parecía alargarse. Me parecía que faltaba una eternidad para llegar.
Intenté provocar una conversación pero la señora contestaba con monosílabos casi guturales que hacían que me crispara aún más. Finalmente vislumbré el foco enceguecedor de la garita de mi colonia y me sentí feliz de llegar. Ni siquiera le pregunté a dónde iba para encaminarla aún más. La colonia es pequeña, pensé. La dejé en la entrada y me despedí lo más amable que pude intentando disimular el terror que me había poseído completamente.
Llegué a mi casita sana y salva y el incidente no pasó de ser una anécdota más en mi peliculesca vida hasta que...
Un día que le di jalón a otra vecina, de día por supuesto, me contó una historia increíble.
-Fíjese que a don Fulanito, el de la cuadra X, casa Z, le pasó una cosa bien fea. Una noche se le descompuso el pickup al nada más entrar al camino de terracería. Él ya sabía que se le iba a detener la carcacha porque es mecánico y sólo esperaba que no se le quedara muy lejos de la colonia. Era muy tarde, así que cerró bien las ventanillas y las puertas y se dispuso a caminar hasta la casa (es como 1 kim). De pronto, no supo de dónde, le apareció una vieja bien fea que le pidió jalón. Él se asustó y dio gracias a dios por que el carro se le descompusiera, así no se llevaba a la mujer que parecía bruja, según dijo.
-No puedo llevarla, señora, se me descompuso el carro. Le dijo.
-Arránquelo, pruebe y va a ver, le respondió la mujer
-Yo soy mecánico, señora, y ya sabía que se me iba a quedar, lo bueno es que aquí no le pasa nada.
-Arránquelo, insistió la mujer, casi como una orden.
El hombre subió al carro dispuesto a demostrarle a aquel extraño personaje que el carro no arrancaría. Pero al nada más dar la vuelta a la llave, el motor arrancó. Y no tuvo más remedio que llevarse a la vieja a la colonia. Dice que sintió súper largo el camino. Que metía el acelerador, pero parecía que iba en cámara lenta. Finalmente llegaron y, ni corto ni perezoso, la dejó en la garita y siguió su camino.
Yo no sé, ustedes, pero desde que la vecina me contó esa historia, no puedo contar mi experiencia sin rematarla con esta otra, tan extraña y parecida.

jueves, 27 de noviembre de 2008

El arte de saber dar instrucciones (II)


¿Recuerdan a la famosa "Licha"? Quienes no leyeron, era una chica que trabajaba en mi casa desde antes de que yo naciera. Y es famosa en mi familia porque tenía muchas puntadas divertidas, como el día que pidió en la tienda papel para difunto, cuando mi mamá le había pedido papel parafinado.

En fin, la historia que compartió Mar en el post Despistado II me hizo recordar esta otra de la Licha, cuando un día mi mamá tuvo que salir inesperadamente de la casa y, como estaba preparando el almuerzo, sólo tuvo tiempo de decirle a la Licha:

-Ahorita vengo, te encargo que mirés las acelgas (que estaban en el fuego).

Cuando mi mamá volvió, aproximadamente una hora después, encontró la casa llena de humo.

-¡Licha, por dios! ¿Qué pasó aquí? ¡Dejaste quemar las acelgas...! ¿Qué te dije antes de irme?

- Que viera las acelgas.

¡Plop!



martes, 25 de noviembre de 2008

El olor de la guayaba


Mi hermana que vive en Pana vino a Guate el fin de semana y trajo deliciosas guayabas cuyo olor siempre me hace recordar una de mis historias más queridas.
Se equivocan si piensan que voy a comentar alguna entrevista con García Márquez o una anécdota en el Guacamolón, alias el Palacio Nacional (hoy) de la Cultura. Lo que voy a contarles ahora es esa historia cuando por primera vez sentí maripositas en el estómago y antes de dormir suspiraba con un nombre secreto atrapado entre los labios. Si, la de my first love.
Tenía yo casi 13 añitos cuando entré a primero básico y por primera vez debía llevar un curso de mecanografía, pero éste era vespertino. Así que después de clases me iba con mis hermanas a almorzar a la casa (zona 11) pero luego debía regresar con mi papá al centro (zona 1). Como mi papá debía ir a trabajar, no podía esperar a que abrieran la academia del instituto. Así que me llevaba donde una compañera que vivía cerca. Luego salíamos las dos rumbo al instituto y de regreso debía pasar el resto de la tarde en la casa de mi amiga, hasta que mi papá me llegara a recoger.
Pues bien, el primer día yo toqué la puerta. Cuando ésta se abrió, sentí como si una corriente eléctrica me hubiera atravesado el cuerpo. Un chico lindísimo abrió. Tenía más o menos mi edad ojitos color miel y unas pecas que acentuaban sus rasgos angelicales.
Pregunté por Lily* y enseguida la llamó, luego desapareció dejándome una sensación extraña, con deseos de volverlo a ver y de saber más sobre él.
Esa misma tarde hubo sesión de padres de familia, entonces no tuve que esperar a mi papá en casa de Lily, sino en el instituto, donde estaría mi mamá. Pues bien, al terminar la sesión, Ana*, la hermana mayor de Lily (y quien llegó en representación de su mamá) se me dejó ir directo a la yugular para clavarme un comentario insólito:
- Le gustaste a mi hermano J.A**.
Yo sentí que me había dado fiebre, pero sólo en las mejillas. No dije nada, me escondí, sentía cierta vergüenza, pero a la vez cierta felicidad: "le gustaste a mi hermano J.A", el solo recuerdo de la frase hacía que mi corazón bombeara con más fuerza. Ah, pensaba para mí, así que fue mutuo el flechazo. Ahora, además, tenía conmigo el nombre que tanto quería saber y no tuve que preguntarlo...
Poco a poco me fui familiarizando con aquella casa llena de hermanos y hermanas. Lily y yo jugábamos casi toda la tarde y aunque a ella le molestaba que su hermano J.A. (que era un año mayor que nosotras) se nos uniera, pronto él encontró el pretexto para que los tres pudiéramos coincidir. Era la época de las guayabas y ellos tenían un árbol que daba muchas. Así que él las cortaba y los tres comíamos aquellos deliciosos frutos sentados en la terraza de su casa.
Aquellas fueron unas hermosas tardes que recuerdo con alegría. Lily resongaba porque J.A le dejaba las guayabas más verdes y feas y me daba las mejores a mí. Él le decía que así debía ser porque yo era la invitada.
Creo que nunca comí guayabas más dulces en mi vida. Los meses pasaron y la amistad creció. Con ella también el aleteo de las mariposas en mi estómago cada vez que lo veía. Nunca me dijo nada ni yo a él. El tiempo de las guayabas terminó, pero ahora se hacía más fácil encontrar otros pretextos para estar juntos los tres. Lily no estaba del todo contenta con la presencia de su hermano, pero ignoraba que J.A y yo no estábamos contentos con su presencia.
Un día, para el cumpleaños de alguna de mis hermanas nvitamos a Lily, J.A. y a otras de sus hermanas que eran compañeras de mis hermanas. Mi papá los llegó a traer a su casa y pasamos muy contentos aquella fiestecita familiar. Por la noche, cuando los fue a dejar a su casa, yo me apunté para acompañar a mi papá y a mi hermana mayor. Hubo una charla fuera de la casa y luego llegó la despedida. Resulta que aquella noche los hermanos mayores estaban allí también y se despidieron de nosotras con un besito en la mejilla. Fue el momento que J.A. aprovechó para acercar sus labios a mis mejillas y despedirse con un besito. El más hermoso beso que me haya dado un hombre. ¿Pueden creer que cerré los ojos para sentirlo mejor?
Se imaginan, aquella noche no dormí, no me lavé la cara, no dejé de repetir su nombre para mí.
El tiempo pasó, seguí llegando a aquella casa hasta que terminó el año escolar. Nunca me dijo nada ni yo a él. Luego, vinieron las vacaciones y, como dice la melodía, el tiempo todo lo borra (bueno, casi todo). Dejé de frecuentar aquella casa, seguimos siendo amigos. No sé cuándo dejé de sentir las maripositas revolotear dentro de mi estómago, ni a partir de cuándo se me olvidó decir su nombre antes de dormir.
Pero cada vez que recuerdo aquellos días pienso que fue una experiencia maravillosa. Sentir ese amor tan inocente y puro que se contentaba nada más con estar cerca, con recibir las mejores guayabas, es de lo mejor que me ha pasado en la vida. Por eso para mí será siempre muy especial ese olor, el olor de la guayaba.
___
*Nombre ficticio
**Siglas reales

domingo, 23 de noviembre de 2008

Despistado II


Quienes no sepan quién es Carlos Rodrigo deben saber que ahora ni yo lo sé, pero hace muchos años, cuando yo era niña, él era un niño muy despistado.

Su mamá, Sara*, y mi mamá eran muy amigas. Siempre tenían mucho de qué hablar. El despistado de Carlos Rodrigo, que a veces se asomaba a media plática, tenía un pulso para escuchar sólo una parte del mensaje y, a partir de allí, protagonizaba situaciones muy divertidas.

Pues bien, un día Sara le contaba no sé qué a mi mamá, lo cierto es que en determinado momento comentó

- ...Aguantá, esa vieja tal por cual ¿qué se cree? si a mí se me da la regalada gana yo tomo lo que se me antoje. Y si se me antoja le puedo decir al Carlos Rodrigo "mijo andá a traerme un par de cervezas a la tienda", y que u y que a, y que más acá, bla bla, bla...

La charla siguió y, a los pocos minutos, se interrumpe el cotorreo, entra el chico al comedor con dos envases de cerveza en las manos:

-Mama, ¿me vas a dar dinero o le digo a la de la tienda que me de fiadas las cevezas?

¡Plop!
______
*Sara es un nombre ficticio, para que no ubiquen a madre e hijo, por aquello de las casualidades en internet

viernes, 21 de noviembre de 2008

Encuentro con la Siguanaba

Hoy es viernes de historias de aparecidos y de temas paranormales, jajajaja, ñaca ñaca. Así que los dejo con otra historia de Alexxx, un invitado de honor de este blog. Que la disfruten.

Nancy


Esta historia me la contó mi papá, que a su vez se la contó su papá. Pues hace muchos años cuando mi abuelo era joven el vivía solo por las áreas de la zona 21, en ese entonces todo por ahi eran terrenos vacíos, llenos de monte, no había urbanización, era poca, (no como ahora que ya no quedan áreas verdes).

Por la colonia Justo Rufino Barrios hay un barranco, y al fondo de este pasa un río, y al otro lado está Boca del Monte.Pues mi abuelo con su caballo galopaba en esos rumbos, se cruzaba el río y se dirigía a Boca del Monte de vez en cuando; esto lo hacía para ir a ver a mi futura abuela, mas bien como decían ellos se la iba a "cantinear".
Mi abuelo siempre fue platicador, se iba temprano a ver a mi abuela, tanto platicaba con ella como con sus suegros. Me cuenta mi papá que a veces se iban los dos (mi abuelo y mi bisabuelo) adentrándose en los terrenos de aquella época a platicar, y regresaban tarde. A todo esto mi abuelo regresaba a su casa ya muy tarde, muchas veces como a media noche. No me puedo imaginar cómo mi abuelo andaba por esas zonas a esas horas, no había alumbrado eléctrico, era solo él y su caballo (si que los tenía muy puestos).Un día cuando regresaba, le tocaba pasar por un río como lo hacía siempre, pero de repente el caballo se empezó a inquietar, se puso nervioso, y fue cuando en el camino más adelante, se encontraba una mujer. Cuenta mi abuelo que era muy parecida a mi abuela. La mujer daba carcajadas, carcajadas muy reciamente, entonces el caballo empezó a relinchar y salió disparado de ahi, y él agarrado bien del caballo para no caerse, y a lo lejos dice que todavía se podian escuchar las carcajadas.

Fue un gran susto. Más adelante cuando ya el caballo se tranquilizó paró a fumarse un puro, porque según decía y decían las personas de antes que eso daba un poco de valor.Pues fue un susto que pasó mi abuelo con "la Siguanaba" porque ella era. Dicen que la Siguanaba toma la forma de la mujer amada. Pero eso no fue ningun impedimento para seguir visitando a mi abuela!


Alexxx

alexxx007.blogspot.com/

jueves, 20 de noviembre de 2008

Ciega por un minuto

La historia que les contaré hoy le ocurrió a Sofía, una compañera de trabajo hace como 15 años. Sin embargo, imagino que muchos de ustedes saben de otra similar pues me parece que le ha pasado a varias personas en distintas circunstancias.

Resulta que una noche llegó Sofía a su casa con los ojos cansados y rojos de tanta contaminación. Así que decidió ponerse unas gotas de colirio.

En el momento justo en que se colocó las gotas y cerró los ojos para esperar el efecto sanador, se fue la luz. Ella no se dio cuenta y al abrirlos, oh sorpresa, estaba todo negro. Así que se puso a gritar descontroladamente:

-¡Estoy ciega! ¡Me quedé ciega! ¡Me quedé ciega!

Por su mente, jamás se cruzó la idea de que se había ido la luz. En cambio, imaginó que las gotas estaban vencidas o que se había equivocado de medicina. Sus temores y su ceguera se desvanecieron unos minutos después, cuando volvió la luz.

Les decía que me parece que es una situación común pues, hace unos meses, un connotado médico y músico me contó que algo similar le ocurrió a la empleada doméstica de su casa, sólo que a ella le cayó cebolla en los ojos y cuando los cerró por el ardor, justo en ese momento se fue la luz.

El drama que aquella mujer armó en la cocina fue similar al de Sofía hace años.


martes, 18 de noviembre de 2008

Despistado (I)


Si bien es cierto que yo he sido particularmente despistada, también lo es el hecho de que haya conocido a lo largo de mi vida otros más despistados que yo. Uno de ellos es Carlos Rodrigo, hijo de una gran amiga de mi mamá.

No sé ahora, pero cuando Carlos Rodrígo era un muchacho que no había entrado a la adolescencia, era sumamente despistado. En la familia solemos comentar allá cada cien años aquellas historias de las que fuimos testigos.

Una de estas tuvo lugar una tarde que mi mamá estaba de visita donde su amiga. Cuando terminaron de almorzar, decidieron ir a tomar el cafecito a la sala. Al levantarse de la mesa la mamá le dijo:

-Carlos Rodrigo, mijo, ai te recogés la mesa. Y se fue con el café a la sala.

Cuando se acababan de acomodar las dos mujeres en el sofá y se disponían a continuar la sobremesa, apareció Carlos Rodrigo en la sala cargando la mesa

- ¿Dónde la pongo, mama?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Teoría de la relatividad



En esta vida todo es relativo. Incluso el tiempo que algunos nos empeñamos en medir con relojes para otros la cosa es distinta...
Hace muchos años, mi papá y unos amigos decidieron escalar el volcán Santa María, en Xela. Sabían que al llegar a los pajonales estaban cerca de la cumbre pero el frío y el cansancio les hacía desear estar allí.

Cuando estaban ya cerca de los pajonales venía bajando un indígena del lugar al que le preguntaron
- Señor ¿sabe cuánto falta para que lleguemos a la cima?

Aquel hombre vio hacia la cumbre y luego miró al cielo. Entonces respondió

-Ah, como una hora...
y, luego de pensarlo un poco más, agregó
-como una hora, pero bien laaaaaaaaaarga ustedes.
Y así fue. A mi papá y sus amigos les tomó mucho más de una hora y media llegar a la cima. Es decir, no una hora de 60 minutos, sino que una hora pero bien laaaaaaarga.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Una noche de luna llena...




Una de las historias más sorprendentes que he escuchado sobre espantos y aparecidos es esta que comparto con ustedes hoy. Me la ha contado mi papá varias veces tal y como la escuchó cuando era niño directamente del hombre que protagonizó esta experiencia sobrenatural: don Sigifrido Girón.

Cuando mi papá lo conoció en Chichicastenango, don Sigifrido era un hombre acaudalado que usaba un bigote abundante y enrollado con el que pretendía disimular la marca dejada muchos años atrás por algún arma blanca. Mi papá es de Xela, pero vivió algunos años de su infancia en aquel municipio de Quiché pues mi abuelito fue alcalde del mismo.

Pero bueno, no los entretengo más y los dejo con la increíble historia de don Sigifrido.

Hace muchísimos años, quízá a principios del siglo XX, una noche de luna llena llegó a Chichicastenango un jinete acompañado de su perro.

Como al parecer no conocía el pueblo, se dirigió a la estación de la Policía para preguntar dónde podía encontrar hospedaje esa noche. Los agentes le indicaron que ya no encontraría ningúna posada. Pero que fuera a la casa de doña Concha Rodas vda. de Gil, quien quizá accedería a que pernoctara en una casa abandonada de su propiedad.

Así lo hizo don Sigifrido y, luego de hablar con doña Concha, se encaminó a aquella casa deshabitada. La mujer le había entregado una enorme llave para que pudiera entrar.

Se alojó en una habitación vacía. Colocó la silla de su caballo a un lado y dejó que su fiel perro durmiera cerca de él.

A la media noche, algo despertó a don Sigifrido. La puerta de la habitación se abrió lentamente y dejó entrar la luz de la luna. En la penumbra pudo ver perfectamente la sombra de un gigante que se dirigió hacia él y lo tomó de la mano.
Aquella fantasmagórica aparición condujo a don Sigifrido hasta las afueras del pueblo y al llegar a un claro solitario hizo una marca en forma de cruz sobre la tierra.

Al día siguiente, don Sigifrido despertó con dolor en la muñeca, justo donde lo había tomado el extraño personaje. Recordó todo y se preguntó si no habría sido un sueño. Para quitarse la duda, volvió a recorrer el trayecto de la noche anterior y, justo donde recordaba, estaba la marca que dejó el gigante.

Como se imaginarán, don Sigifrido se puso a cavar en el lugar señalado y ¿qué creen? encontró un gran tesoro que fue el origen de su inmensa fortuna.

Contaba don Sigifrido que nunca más volvió a tener contacto con aquel gigante. Pero en las noches de luna llena sentía la presión de una mano estrecharle la muñeca.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Mi primera vez... en el diván

Dejemos los asuntos fantasmales para mañana. Hoy daré un giro a mis historias y les contaré sobre la primera vez que tuve que acudir a los servicios profesionales de una psiquiatra. En realidad fue frustrante, pero algo de cómico subyace en el recuerdo de aquella deplorable experiencia.

Ya había ido hace como 10 años a una sesión con un psicólogo, pero como era mi amigo, creo que no pude sincerarme o no le permití llegar al fondo de mi compleja personalidad. Bueno, no me dio la solución ni la respuesta que buscaba, pero fue un alivio desahogarme, hablar un poquito con él.

Luego, hace como 6 o 7 años, empecé a sentirme muy deprimida. Lloraba sin motivo aparente, descuidé mi casa y mis cosas, etc. Estaba pasando por un mal momento emocional. Hablé con mi hermana que es médico y me recomendó a una psiquiatra "muy buena", según ella, que la había ayudado mucho a superar una situación similar.

No tenía la más mínima idea de cómo sería la reunión con un psiquiatra. Pero pensaba que como esta no me conocía podría haber mejores resultados que con mi amigo psicólogo. Quizás tenía demasiadas expectativas.

Llegué al consultorio como a las seis de la tarde. Unos minutos después apareció la doctora, joven y muy amable, y empezamos la sesión.

El lugar era extraño. Sin escritorios, ni secretarias, ni sala de espera. Era el consultorio y ya. No había diván, sino dos sillones, uno para ella y otro para mí (el dibujo en paint, pues, es una idealización). Una mesita cuidadosamente colocada a la par del sillón del paciente, con una conveniente caja de Kleenex (valga la propaganda) que debe resultar muy útil. Al menos a mí me resultó así.

No recuerdo bien cómo empecé a hablar y simultáneamente a llorar amargamente. Ella me hacía una que otra pregunta de vez en cuando, y yo hablaba y hablaba, lloraba y lloraba. Honestamente ya no recuerdo lo que le decía.

Lloré a mares, debo confesarlo. Estaba muy mal.

Luego, supongo que pasada la hora de consulta, hubo un silencio entre las dos. Ella se acomodó en el sillón antes de hablar. Yo esperaba sus palabras como una pequeña luz al final del túnel, algo de qué asirme para comprender que todo tenía solución... Y ¿qué creen?

Cuando abrió la boca fue sólo para preguntar:

- ¿Por qué usa usted palabras rebuscadas para hablar?

(Silencio, incómodo silencio)

Me quedé perpleja, no supe qué decir. Me tomó por sorpresa aquella pregunta fuera de lugar.

Quise justificarme (aunque no creía hablar de manera rebuscada)

- Bbbbbueno, a lo mejor como soy editora me trato de editar y corregir inconscientemente, a lo mejor trataba de ser clara... no lo sé.

En fin, no sé qué más me dijo, pero seguro nada de lo que yo esperaba. Me recetó unas pastillas que sí me sirvieron mucho, porque dejé de estar triste a los pocos días, así que ni me las terminé.

No hubo siguiente sesión. Me conformé con las pastillas. No quise regresar por otro comentario semejante.

En fin... Menos mal no volví a deprimirme hasta llegar a necesitar a un profesional. Ahora me da risa recordar aquella pregunta imprudente en el momento en el que yo esperaba algo más profesional de su parte.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

La sombra en el espejo (duendes traviesos III)


Creo que antes de escribir sobre los fenómenos que ocurren en mi casa, debería haber publicado otro post sobre las cosas raras que pasan en mi colonia, en general. Pero eso será para otro día.
El asunto es que animada por la historia de Alex decidí contar algo que me pasó hace algunos meses.
Fue un domingo por la noche. Me gusta acostarme temprano porque no es agradable levantarme cansada el lunes. Así que esa noche, mientras mi hija mayor veía televisión y la menor se bañaba, me dispuse a acostarme.
Arreglé mi camita y, mientras lo hacía, algo llamó mi atención. Justo frente a mi cama hay un espejo ovalado y en el reflejo del espejo vi pasar caminando lentamente la sombra de una pequeña mujer de cabello largo. La altura (¿o bajura?) de aquella figura humana era justo de la altura de mi cama.
Me quedé petrificada viéndola pasar. Era solo un reflejo, pero no había nada que proyectara esa sombra.
No quise comentarlo con mis hijas porque generalmente cuando ocurren cosas extrañas en la casa, les cuesta conciliar el sueño o pasan con temor.
Pocos días después, hablando no sé de qué, mi nena pequeña me hizo un comentario que me dejó pensativa:
-Fijate mami que no me gusta bañarme cuando estoy sola en la casa.
- ¿Y por qué? le pregunté
- Porque siento como si rondara la casa una sombra enana.

martes, 11 de noviembre de 2008

Duendes traviesos II

Damas y caballeros, tenemos un nuevo invitado: Alexxx quien comparte una historia insólita y que seguramente dará mucho de qué hablar.
Yo le puse Duendes traviesos II, porque ya les conté una de
duendes y porque seguro publicaré más sobre el tema. Pero él la llamó:
Historia de espantos
La historia se desarrolla en el negocio de mi papa, esto paso hace años. Mi papá tenía una bloquera, y tenía su camion de volteo donde iba a hacer algunos viajes: a traer arena, graba, etc. para la bloquera.

Una mañana mi papá se disponia a hacer un viaje, y siempre el ayudante llegaba temprano, entonces para preparar el camiómn hacía lo usual, le hechaba agua, lo revisaba, etc. Pero esa mañana, cuando el ayudante levantó el capó del camion, escuchó un ruido dentro de la cabina del mismo. Le parecio raro porque el camión siempre se queda con llave, y solo mi papá tenía las llaves; bueno no le puso importancia, siguió con su rutina de echarle agua, etc.


Al rato mi papá aparecio y abrió el camion, y cuál fue su sorpresa cuando vió el sillon (el sillón del camión era largo ocupando el largo de la cabina y la tapiceria era de cuerina), en el sillón se encontraban unas huellas como que si alguien descalzo y con los pies llenos de tierra hubiera caminado en él.


Pero esas huellas eran de pies muy pequeños, tal vez como de unos 10 ó 12 centímetros de largo, pero lo más escalofriante era ver la huella porque a la par del dedo gordo, se miraba que tenía otro dedo, pero no un dedo común sino una forma como de "pezuña", una como uña triangular, como las uñas que les hacen a los dragones en las caricaturas.


Según como se miraban las huellas se veía que el "duendecito", como le llamamos nosotros, había dormido en el lugar del piloto, luego cuando oyó ruido en el capó se levantó y caminó en el sillón, luego se deslizó por la parte de enmedio porque así se miraban las huellas, que se había deslizado en la parte media del sillón, luego desapareció.


Todos aquí en la casa y los vecinos íbamos a ver el sillón del camión, y todos quedábamos asombrados. Lo que no hicimos fue tomarle foto. Se le pone la piel de gallina a uno cuando pasan esas cosas..
Alexxx

lunes, 10 de noviembre de 2008

El día que Ángel desapareció misteriosamente

Amigos, nuevamente los dejo con una historia de Ángel Elías, invitado de esta semana. Una narración construida de manera que, primero, lo hace a uno dudar y conjeturar... Pero luego... Disfrútenla

El día que Ángel desapareció misteriosamente o
El extraño caso de bilocación astral protagonizada
por Ángel Elías

Esta narración escabrosa, es un poco difícil de contar, por lo que intentaré hacer de una manera poco usual. Es de esos casos extraños e inexplicables donde la razón humana no logra bajo ningún medio explicar tan insólito suceso.
Ramón*
testigo 1:
Esa noche, iba con Ángel, saliendo de la universidad. Ya era tarde por lo que corríamos entre autos y demás gente que a la mismo hora van saliendo de la esa casa de estudios. Ya la lluvia estaba amenazando con llegar. Por lo que con Ángel estábamos preocupados por llegar al bus que nos llevaría al lugar donde vivíamos. Esto dado a que estamos en la misma ruta.
En el estacionamiento ubicado en las afueras, que por cierto estaban remodelando, habían materiales de construcción, zanjas, palas, muros derribados, que de alguna manera nos evitaban llevar a nuestro destino. Son esas angustias por no alcanzar el bus lo que, a estas alturas, provocan esos fenómenos raros.
Con Ángel platicamos de todo mientras caminamos. Esa noche, nos habían dejado una tarea que nos tenía preocupados. Y en las carreras le comentaba cómo podíamos solucionar los problemas de tiempo. Cuando llegamos al estacionamiento, únicamente un pequeño bombillo iluminaba el lugar. Apresuramos el paso para subirnos al bus, Ángel contestaba sobre lo que le planteaba, cuando estamos a punto de subir, Ángel que apenas tenía unos segundos de haber contestado, ya no se encontraba de mí. Había desaparecido.
Testimonio de Ángel:
Esa noche, con este amigo, prácticamente corríamos el bus, eso dado que habíamos salido tarde de una clase. Esto dado a que este bus, teniendo cuenta que es el último, siempre es puntual. Lo que llegar tarde significa, quedarse hasta otro día.
Aquel me comentaba, al momento de esquivar carros y saltar, lo inconsciente del catedrático, por dejarnos salir tan tarde. Lo peor de todo era que el bus ya se encontraba en la salida por lo que había que apresurar el paso.
Este amigo me iba hablando adelante ya que en esos lugares, solo se pude pasar en línea recta. Me comentaba que por fin llegábamos al bus y que una vez llegáramos a nuestro destino, pues comeríamos tranquilos. A lo que le respondía presuroso y agitado, como presidiendo lo que sucedería. Nos encontrábamos a punto de subir… cuando de repente, siento algo extraño, luego la luz de un foco que se encontraba cerca se va haciendo más tenue, hasta hacerse todo oscuro. Milésimas de segundo después me encontraba en otro lugar.
Fausto*
Testigo 2
Vi a Ramón y Ángel caminando presurosamente por todo aquel parque. Aquellos son buenos amigos con los que a veces comparto el viaje de regreso a casa. Y platicamos de todo, por lo que al verlos trato de darles alcance.
Era un poco difícil darle alcance por que caminaban muy rápido, y parecía que iban platicando de algo. Por lo que en algunos momentos se detenían a lo que yo aprovechaba para darles alcance.
Aquellos andaban esquivando todo el material regado en el estacionamiento, porque estaba en remodelación, además el bus estaba por salir.
Yo apreté el paso hasta tenerlos ya cerca.
En ese momento, frente a mis ojos, y aunque la luz de un bombillo no era muy buena, vi ante estos ojos, (que como diría mi abuelita) se lo van a comer los gusanos, como Ángel… se resbalaba dentro de una zanja.
Ángel Elías
www.angelgt.blogspot.com

viernes, 7 de noviembre de 2008

Voces gemelas


Me parece que es común que en una familia la voz del padre y de los hijos, o la voz de la madre y de las hijas, se parezcan mucho. Allí la genética debe ser accionista mayoritaria.

Pues bien, ese es el caso de mi familia. Mis cuatro hermanas y yo hablamos muy parecido a mi mamá. Pero mi hermana Bele y yo hablamos idéntico.

Tanto se parecen nuestras voces que muchísimas veces logramos engañar a nuestra propia madre. De hecho, cuando éramos adolescentes y mi hermana quería verse con su novio, tenía que hacerlo a escondidas de mi mamá. Cuando mi mamá la llamaba, yo contestaba desde el cuarto de mi hermana y entonces mi mami ya no se molestaba en llegar hasta donde yo estaba para verificar que yo era mi hermana.

Pues bien, un día el noviecito llamó por teléfono a la casa y yo contesté. Al escuchar mi voz, él pensó que se trataba de mi hermana y, antes de que yo pudiera decir nada (creo que en el mismo instante se me ocurrió mejor no decir nada, jajaja, ñaca ñaca) él empezó a cantar una canción de Camilo Sesto: "Sooooooooooloooooooo tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu enciendes mi pasioooooooooooooooooooooooooooooon"

Jajajaja yo no pude contener la risa y solté una carcajada. Sólo logré escuchar al aturdido novio que me decía:

"Ya vas a ver, me las vas a pagar, jajajaja"

Mi hermana, que lo había escuchado todo, tomó el teléfono. Pero fue tanta la risa de los tres que la conversación se veía interrumpida por las carcajadas.

Mucho tiempo después yo seguía cantándole la cancioncita al cuñado que, afortunadamente, compartía con mi hermana el sentido del humor.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Accidente sin explicación


Esta es una semana de invitados especiales. Ayer nos reímos con una historia de Patty Orellana y hoy los dejo con una curiosa experiencia que le ocurrió a mi amigo Juan Luis, la cual llamó:


De por qué me caí en mi bicicleta a finales de enero de 1992


El 20 de enero de 1992 falleció mi padre, después de un largo padecimiento del corazón y otras complicaciones. Practico ciclismo desde finales de los 70s y he participado en competencias y eventos diversos organizados por la Federación de Ciclismo.

Como todas las mañanas, una semana después de que falleciera mi padre regresaba a mi casa después de hacer mi entrenamiento matutino, circulando por el anillo periférico de sur a norte. Cuando pasaba por la colonia Granai & Townson, frente al Hospital Rodolfo Robles, de repente perdí el control de mi bicicleta y en una fracción de segundo me encontraba incrustado con todo y bicicleta, en la horquilla de uno de los árboles de pino sembrados a la orilla de ese lugar, donde existe una parada de buses.

Como pude, al momento de estrellarme coloqué ambos brazos frente a mi cara para no hacer contacto con esa parte de mi cuerpo. Mi bicicleta estaba incrustada de tal forma en la horquilla del pinito que resultaba muy difícil sacarla de ahí. Yo me bajé de la bicicleta y pude darme cuenta que tenía raspones en las rodillas, muñecas, codos, brazos, pero, mi bicicleta seguía prensada en el pino.

Unas personas que se encontraban a esa hora (serían las 7:00 horas) en la parada de buses se me acercaron para ofrecerme su ayuda y me preguntaron por qué me “había subido ahí” con todo y bicicleta. Les respondí “no sé”, “no sé qué me pasó”. Asombradas al igual que yo me ayudaron a “destrabar” mi bicicleta del árbol y comprobé los daños que tenía: timón doblado, un aro quebrado, una llanta estallada y raspones. Le hice las reparaciones básicas que necesitaba en ese instante para poder continuar y llegar a mi casa.

Por supuesto que las pequeñas heridas sangraban y tenía inflamadas varias partes de mi cuerpo que me dolían mucho. De manera cautelosa y con una velocidad menor a la que transitaba cuando resulté incrustado en el árbol, pedaleé hasta llegar a mi casa.

Me lavé y curé las heridas, las cuales no provocaron mayor complicación, pero, empezó entonces la interrogante: qué provocó la caída o desvío de la ruta para que yo resultara “metido” en ese árbol ? Iba a una velocidad promedio de 20 Kms. por hora, no había obstáculos ni algún objeto que hubiera identificado como el causante del accidente. Qué pasó entonces ? Dicen que después de que fallece algún familiar cercano, unos días después siempre pasan cosas raras a alguien de la familia. Será esto cierto ?

Juan Luis González A.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

De zapatos (del origen de los chistes III)


Tal como lo prometí, hoy tenemos a una invitada especial: Patty. Aquí los dejo con esta historia, como dirían porái "pura verífica"


Hace muchos años, aproximadamente unos 35, vivía en Zacapa un zapatero famoso por dos cosas: porque no era muy cuerdo que se diga, y porque trabajaba zapatos al gusto del cliente: buenos, bonitos y baratos.
Pues resulta que el fulanito, tenía varios clientes, uno de ellos era mi papá. Ya le había fabricado algunos pares y mi papá quedaba satisfecho, hasta que un día….Llegó a recoger los zapatos y al medírselos le quedaban grandes, se los devolvió pues le dijo que se había equivocado, que sin duda eran de otro cliente.

El zapatero muy amable y todavía sonriendo como quien dice ¡qué buena onda soy! le dijo: “No don Luis, sí son los suyos”. No, insistió mi papá, aquí está la plantilla que me tomó y estos están más grandes. Ahhh, mire pues –le dijo de nuevo el fulanito- eso no lo hago con todos, sólo con mis mejore clientes, es que usted me cae bien y por eso le di ganancia a sus zapatos….
Patty Orellana

lunes, 3 de noviembre de 2008

De temblores y terremotos III


George es un amigo muy querido. Trabajó por más de 45 años en un mismo diario. El vivió toda la evolución de los distintos métodos de publicar el periódico: del tipógrafo a la era digital. De hecho fue chupógrafo, digo tipógrafo.

Pues bien, al parecer George le hacía honor a lo de chupógrafo. Al menos en ese estado (etílico, de ebriedad, o como quieran llamarle) llegó a su casa la noche del 3 de febrero de 1976. Esto hizo que pasara el terremoto que se nos vino la madrugada siguiente:


Anestesiado


Según me contó un día, a pesar de que salió tarde del trabajo aquella noche del 3 de febrero, no se fue a casita, sino con unos amigos a jugar billar y de ahí se fue a casa bien mareado.

El terremoto despertó a Guatemala a las tres y media de la madrugada, pero él no despertó sino hasta cuando ya había salido el sol.

Fue la luz del día lo que golpeó sus ojos y, al abrirlos, oh sorpresa, sólo vio cielo azul. Por un instante creyó estar en el mismo cielo, pero luego comprendió todo. Al ver que se movía, unos vecinos se acercaron para saber cómo se encontraba. Ël, bien, un poco mareado. Pero la razón de haberse encontrado con el cielo como primer escenario fue porque el techo y algunas paredes de su casa se vinieron abajo con el siniestro. Afortunadamente, vivió para contarlo.