domingo, 2 de noviembre de 2008

Una chica agradecida


Hay una frase que dice algo así: "Quien a tu hijo quiere tu boca endulza", y de eso podemos dar fe todos los que tenemos hijos.

Pues bien, esta historia fue un poco traumática para mí, pero como bien lo dijo el Kontra, se nos olvida a veces que los invisibles también son humanos y aquí hay un hermoso gesto de humanidad de parte de una joven de la calle.

Cuando mi nena pequeña nació (1995), yo trabajaba en la Revista Crónica y las oficinas se ubicaban en el Centro Comercial de la zona 4. Siempre tomaba el puente que de la 19 calle de la zona 1 conduce a la 6a. avenida de la zona 4. Al llegar a la curva del puente veía a una adolescente de la calle, madre soltera, con su bebé en brazos. Quizá era un bebé uno o dos meses menor que la mía.

Algunas veces yo le pasaba dejando ropita; otras, una compota. La lentitud del tráfico me daba tiempo para hacerlo. Ya nos conocíamos.

Como siempre he sido despistada, a veces conducía un poco pensativa y con la ventanilla abierta.

Una mañana en que el tráfico iba particularmente lento, no vi a la chica en el lugar de siempre. Sin embargo, como iba distraída, no me fijé que hacia mí venía un hombre que, al ver mi ventanilla baja no dudó en meter medio cuerpo entre mi carro (en ese tiempo no conducía al súper Chevy, sino al Hirohito, un pickupito 1,000, Toyota, al que mis compañeros llamaban Ébola).

El tipo, encima de mí, con medio cuerpo dentro del carro, buscaba algo para robar, supongo. Pero yo llevaba mi bolsa bajo el sillón, así que no la podía ver. Aunque quizá fueron segundos, yo sentí una eternidad el forcejeo con aquel individuo. No sé qué habría pasado si la chica, como si de un ángel de la guarda se tratara, no se hubiera aparecido no sé de dónde pues apenas pude escuchar su voz diciéndole:

-A ella no la molestés, dejala en paz

y ante la necedad del ladrón, volvió a gritarle

- ¡Que la dejés, te digo!

Como por arte de magia, el tipo salió al fin del Hirohito y yo pude seguir mi camino, no sin antes agradecer con una sonrisa a mi salvadora.

Volvimos a vernos algunas veces, seguí llevándole cositas para su bebé cuando podía. Luego no volví a verla más, pero siempre la recuerdo, principalmente cuando paso por ese puentecito en el que ella me salvó de un asalto como gesto de agradecimiento.

9 comentarios:

Lena dijo...

ohhhhhhhhh!

qué habrá sido de su vida?

y del bebé?

ojalá estén bien...

Un abrazo, Nancy!

Anónimo dijo...

Sra. Nancy, tus historias, como siempre: calida' Que tengas buena semana. Aunque no he comentado ultimamente, siempre te leo.............MaR

JOHAN BUSH WALLS dijo...

Nancy, lo que pasó fue que sin haberte dado cuenta estabas pagando el impuesto de guerra, cosas de la vida.

Salú pue.

Roberto dijo...

Que lindo gesto el tuyo y que lindo el gesto de correspondencia de la joven madre.

Abril dijo...

oooh que linda!!!
Yo siempre he creido que lo que uno hace siempre tiene efectos secundarios.




p.d. talvez era el marido.


Que tal tu fiambre? hoy pense, en ti, dije: Vamos a ver que puso Nancy del fiambre.
Saludotes.

Nancy dijo...

Hola Lena, a como son las cosas por aquí no me atrevería a dar un pronóstico de lo habrá sido de sus vidas. El bebé ahora tendrá 13 años, como mi nena. Ojalá estén bien... tienes razón. Otro abrazo para ti.
MaR, gracias siempre por venir, aunque no dejes comentario. Me alegra que te gusten las historias. Has aportado muchísimo, mil gracias.
Johan, yo prefiero pensar que fue como dice Roberto. Nadie me obligó a darle nada a la chica, todo fue voluntario. Mi corazón siente que ella me salvó como un gesto de gratitud.
Gracias Roberto y Abril, así lo entiendo también.
Abril, lamento haberte fallado. No tengo en mis anales historias del fiambre, pero, en cambio, iba a colocar una especial del día de brujas. Lamentablemente salí muy tarde de trabajar y me tocó choferear toda la noche. Yo estuve leyendo tu blog ayer, pero ya te había dejado comentario.
un abrazo

PROSÓDICA dijo...

No habrás trabajado con mi hermana? ella también trabajó un tiempo para la revista Crónica. Chiquito el mundo. Me gustó tu relato por que me pasa algo similar con el Canche, un mendigo que lava carros donde trabajo. Como nos platicamos desde hace tiempo con él, nos hemos agarrado cariño y me cuida. cada vez que sus amigos mendigos se quieren acercar a mi a pedirme cualquier cosa, el Canche los para en seco y les dice: a ella no.
También tengo mi angelito.

el Kontra dijo...

Buena historia, como siempre. Yo soy un tipo bien de barrio, o sea me identifico con el barrio donde crecí y con su gente, el que recoge la basura, el que lava carros, la seño de las tortillas, los agentes de seguridad, el chiclero, y asi sucesivamente, ellos no me conocen de nombre no yo a ellos pero nos vemos todos los días y nos saludamos, un simple saludo y una sonrisa, de vez en cuando un comentario sobre el tiempo, la selección, o algún acontecimiento nacional, por experiencia te digo que eso basta para saber que ellos sin saber realmene quien sos y viceversa te van a hacer ganas pues se vuelven parte de tu vida y tú de la de ellos. Saludos.

Nancy dijo...

Hola prosódica ¿Quien será tu hermana? Yo estuve en la Crónica de 1992 a 1998. Qué lindo que tengas al Canche como tu angelito. Yo también tengo una especie de ángeles que me cuidan cuando debo atravesar un callejón mero feo en el centro para ir por el Súper Chevy. Siempre que cruzo de la 10 avenida al callejón de la 13 calle A encuentro al primero de ellos, un hombre moreno y alto de quien he escuchado cosas feas, pero conmigo es muy bueno y me cuida. Luego, al llegar a la 11 avenida, hay un chaparrito que siempre está pendiente de saludarme. Si por despistada no lo veo, él hace lo posible por llamar mi atención y saludarme.
Kontra, tienes razón. A veces no necesitamos saber sus nombres, sabemos quiénes son, dónde están, cómo están... Todos formamos parte de la vida de muchos más, aunque no sepamos cómo se llaman o donde viven.